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Amanece y, tras una noche absurdamente corta, pasada mirando el cielo, despertamos justo bajo la cumbre del Cerro Paranal. Repasamos el mapa por todos lados, pero no hay manera de que nos cuadre. La idea inicial era llegar desde el Cerro Paranal hasta Santiago, la capital de Chile. Por desgracia, perdimos un par de días al principio del viaje resolviendo el alquiler del coche. Y, además, todas esas distancias resultan mucho más largas de lo que sugieren sobre el papel.

Propongo volver a Argentina por el Paso San Francisco. Ivana lo apoya al instante. Chile ha estado bien, aunque algo caro, pero después de unos días en esta zona tan seca del planeta echamos de menos, literalmente, ver algo verde. Un huerto, un árbol, una pradera. El rumbo está claro: Argentina.

El cruce del Paso San Francisco se encuentra a 4 726 m s. n. m. Como hemos dormido a los pies del Cerro Paranal, a unos 2 400 m s. n. m., intentamos evitar un gran descenso de nuevo hacia el mar y la posterior subida. Así reducimos el riesgo de problemas ligados al mal de altura.

La única manera de esquivar la ruta principal que avanza paralela al mar es cruzar de lleno el desierto de Atacama. Eso implica casi 100 kilómetros por pista, a través de una zona extremadamente remota del Altiplano. Resulta ser el tramo más arriesgado de todo el viaje. No hay cobertura, ni gente, ni pueblos. No nos cruzamos con ningún coche. No hay arroyos, ni lagunas, ni vida. Una avería significaría probablemente caminar durante horas en un entorno hostil. Conviene recordar que la diferencia entre la temperatura diurna y la nocturna puede alcanzar aquí los 30 grados. Al final todo sale bien y enlazamos con la Ruta 5.

Para desplazamientos así hay que planificar el combustible con muchísimo cuidado. Vale tanto para el desierto de Atacama como para los propios cruces de los Andes. Las gasolineras aparecen con más frecuencia de lo que parece en el mapa, pero aun así suelen estar separadas por cientos de kilómetros. En el momento de nuestra visita, el combustible en Chile era algo más caro que en Eslovaquia; en cambio, en Argentina costaba aproximadamente la mitad.

Nuestro empeño por no bajar del todo hasta el mar se quedó a medias. No llegamos a la costa, pero la ruta nos llevó a zonas relativamente bajas, en torno a los 550 m s. n. m. La subida de verdad hacia el Paso San Francisco empieza en el pueblo de Diego de Almagro (790 m s. n. m.). En el mapa es el camino más corto, pero desde luego no el más cómodo.

Información: la base del éxito

En el pueblo preguntamos por el estado de la carretera. Un señor mayor de la tienda nos dibuja amablemente, y en un castellano perfecto, un mapa. Viene a ser una larga línea recta con un único desvío al final y una cruz que deja claro que girar a la derecha no es lo correcto. Reforzados por esta “valiosa” información, seguimos adelante.

En parte gracias a la omnipresente minería, el asfalto llega hasta unos 3 000 m s. n. m. A partir de ahí, la calidad de la vía cae en picado y la altura sube deprisa. Justo antes de la rampa más dura aparece el desvío a la derecha que el señor nos marcó con una cruz. Al verlo, la cruz del mapa cobra todo el sentido. La pista por la que seguimos es empinada, sí, pero transmite seguridad.

Tras una larga subida por unas curvas de vértigo, la carretera alcanza una meseta y pasa cerca del Salar de Pedernales. En estos tramos vuelve el asfalto y el itinerario se dirige a la Ruta 31, camino del Salar de Maricunga.

La frontera

La frontera oficial entre Chile y Argentina está exactamente en el Paso San Francisco, a 4 726 m s. n. m. Lógicamente, a nadie le apetece trabajar a esa altura, así que los controles fronterizos se sitúan bastante más abajo. El puesto chileno y el argentino quedan separados, por tanto, por unos 120 kilómetros.

Primero topamos con la garita del lado chileno… y llega la sorpresa. No hay aduaneros, ni policía, ni militares. Las oficinas están abiertas, pero vacías, con pinta de obra. Lo único que sugiere que aquí habría que parar es una cadena fina atravesando la calzada.

Pasamos un rato sin entender cómo funciona esto e intentamos averiguar qué hacer. En ese momento se detiene un camión a nuestro lado. El conductor baja, desengancha la cadena, vuelve a subir, pasa, la vuelve a colocar y sigue rumbo a Argentina. Pensamos que eso mismo es lo que esperan que hagamos.

Buscamos a alguien a quien preguntar. Solo damos con tres personas: un obrero que, a base de gestos, nos indica que la frontera está cerrada, y dos empleados de carreteras. Con un español-inglés-de-señas bastante creativo nos dicen que continuemos por la carretera. Dudo un instante, pero finalmente desengancho la cadena y seguimos adelante. Es, desde luego, una forma peculiar de “control” fronterizo.

A los pocos kilómetros alcanzamos la parte más alta de la ruta. Las vistas, en todas direcciones, son preciosas. No podemos evitar parar varias veces para fotografiar paisajes totalmente nuevos para nosotros.

Antes de cruzar del todo la frontera hacemos una breve parada en la Laguna Verde, a 4 328 m s. n. m. El agua, extremadamente salada, tiene un turquesa increíble que contrasta con las montañas que la rodean.

Moverse en coche a estas alturas trae consigo peculiaridades. La subida rápida le hace de todo al cuerpo. El dolor de cabeza es solo uno de los posibles síntomas. Son comunes la boca seca, los senos paranasales congestionados, los pies hinchados, el cansancio general, orinar a menudo o quedarte sin aliento con tareas sencillas. Aun así, merece la pena.

Alcanzamos el propio paso. Nos hacemos fotos junto a los hitos fronterizos, jadeamos, volvemos al coche… y volvemos a jadear.

Caemos ya del lado argentino y el paisaje va cambiando. Se nota que aquí, de vez en cuando, sí llueve. Aparecen los primeros toques de verde y empezamos a bajar, poco a poco pero sin pausa.

Cerrado

El control fronterizo argentino presume de una de las mejores vistas del mundo, pero para nosotros aquí empiezan los problemas. Ya por las primeras reacciones de los aduaneros entendemos que algo no va bien. Nadie comprende qué hacemos allí. Nos enteramos de que la frontera solo abre oficialmente los lunes y los jueves. Y hoy es miércoles. ¿No podían haberlo avisado en algún sitio?

Simplemente no quieren dejarnos entrar en Argentina. Además del mal día, nos faltan las formalidades de salida chilenas: el sello en el pasaporte y el registro de que nuestro coche de alquiler ha salido de Chile. Para rematar, nadie habla inglés.

La situación empieza a rozar el absurdo. Primero nos piden que regresemos a Chile y crucemos “como corresponde”. Nos negamos. No tenemos ya ni gasolina, ni energías, ni tiempo para volver.

La segunda opción es dormir en la frontera y resolverlo al día siguiente. También se complica: no hay un lugar adecuado para pasar la noche y en el coche haría un frío serio.

Toca negociar mucho y ser algo asertivos. Al final, uno de los empleados —al que nos asignan como “los exóticos del día”— consigue una excepción. El guardia mayor de la barrera nos deja entrar en Argentina por un día, únicamente para dormir, con la condición de regresar al día siguiente para completar todos los trámites.

Incluso tenemos que prometer que no “huiremos” a Argentina. Nos alegramos… hasta que nos dicen que el hotel más cercano está a “solo” 80 kilómetros de la frontera.

No me apetece nada hacer tres veces 80 kilómetros. Por un momento valoramos dormir en los refugios SOS junto a la carretera —dos bancos y una estufa—. Pero puede más el cansancio y la búsqueda de comodidad. Hacemos caso a la recomendación de los aduaneros y nos alojamos en el hotel sugerido. Calentito, barato, habitación estupenda, buena comida y un rico vino argentino.

La frontera de lo absurdo

A la mañana siguiente, en el coche hay debate. Yo quiero seguir ruta; Ivana insiste en volver a la frontera. Para mantener la paz a bordo, damos media vuelta. En la cabeza aún resuenan el vino de ayer y la altura.

Regresamos al puesto y nos ponemos con los trámites necesarios, por suerte sin tener que volver a Chile. Incluso nos revisan el coche en busca de contrabando. A estas alturas, el absurdo toca techo. Perdemos medio día, los funcionarios quedan contentos y nosotros conseguimos unos sellos que, probablemente, no nos sirven de nada. Eso sí: sin esta peripecia, algunas fotos no existirían.

Desde la frontera nos adentramos en el interior de Argentina. Encontramos alojamiento en Famatina. Aquí se cultivan olivos, jojoba y nueces. De pronto hay verde, corre un río… tras los días en Atacama, un pequeño choque, pero exactamente por esto dejamos Chile y dijimos adiós a los Andes por un tiempo.

A la mañana siguiente el coche no arranca. Diagnóstico claro: la batería ha muerto. Es entonces cuando caemos en la cuenta de la suerte que hemos tenido. Si se hubiera estropeado un día antes, en los Andes o en el Altiplano…