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Tras unos días en el pueblo costero de Mejillones, ponemos rumbo al sur hacia la cumbre del Cerro Paranal, en el desierto de Atacama. Por el camino reponemos provisiones en un centro comercial de Antofagasta. También cae una buena pizza para cargar pilas. A los pocos kilómetros de salir de la ciudad, el paisaje se transforma en algo difícil de describir. La carretera 28 trepa hacia las montañas y, tras unos kilómetros, enlaza con la Ruta 5, el gran eje que baja desde el norte de Chile. Un poco más al sur tomamos la B710, que en menos de una hora nos deja en el aeródromo que utiliza el personal del observatorio del Cerro Paranal. Aquí giramos al oeste (a la derecha) por la vía llamada Acceso Observatorio Paranal y ascendemos hacia las instalaciones. La carretera atraviesa una tierra desolada y el horizonte encarna el significado de la palabra «nada».

La marcha se detiene en la puerta del complejo científico, a unos 2 400 m s. n. m. El guardia nos recuerda lo que, en el fondo, ya sabíamos: el acceso del público solo es posible una vez por semana y con reserva previa. Aparcamos frente a la entrada y saco el dron. Intento acercarme al máximo a la cumbre del Cerro Paranal, pero aún queda a respetables 2,5 kilómetros y unos 230 metros de desnivel por encima de nosotros, a 2 635 m s. n. m. El viento fuerte me impide llegar hasta la cima, pero aun así consigo algunas buenas tomas.

Seguimos un poco más y buscamos un lugar adecuado para observar el cielo nocturno. Lo encontramos a pocos metros de la puerta de acceso. Desde aquí tenemos un buen mirador en todas direcciones y, además, una vista clara de la cumbre y del observatorio. Hemos llegado muy pronto; la noche aún queda lejos, así que —paradojas del desierto— matamos el tiempo tomando el sol. Las rodadas delatan que por aquí pasa más gente. Aun así, acabamos pasando la noche completamente solos. Justo como esperábamos.

A nuestro alrededor, solo lomas interminables y un desierto que parece absolutamente deshabitado. Pese a los cerca de 2 400 m s. n. m., hace un calor sorprendente, unos 30 °C. No hay agua, ni árboles, ni plantas, ni rastro de vida. Decenas y decenas de kilómetros de nada. El tipo de lugar donde uno entiende lo grande que es el mundo y lo pequeño que es uno.

Atacama: puerta al universo

Gran altitud, contaminación lumínica nula y una humedad del aire casi inexistente. Estas condiciones convierten los alrededores del Cerro Paranal en uno de los mejores lugares del planeta para observar el universo. No es casualidad que aquí opere el Observatorio Europeo Austral, que en la cumbre gestiona algunos de los telescopios más potentes del mundo. Cerro Paranal es conocido incluso fuera de la comunidad científica: aquí se rodaron las escenas finales de la película de Bond Quantum of Solace. Basta mirar alrededor para entender por qué. El paisaje resulta áspero, extraterrestre y completamente desconectado de la realidad.

A lo lejos, al otro lado del valle, distinguimos las obras de otro telescopio gigantesco en la vecina y bastante más alta cumbre del Cerro Armazones (3 046 m). Otra prueba de que Atacama aún tiene mucho futuro en astronomía.

Comienza el espectáculo estelar

Tras unas horas tomando el sol, poco a poco llega la puesta de sol. Nos despedimos del día y nos preparamos para el gran espectáculo. A cientos de kilómetros a la redonda no hay fuentes de luz. El cielo está cristalino e intuimos que nos espera una noche excepcional. Eso sí, toca cambiarse de ropa a toda prisa: estamos en el desierto y la temperatura cae en picado en cuanto se esconde el sol.

El crepúsculo enciende colores increíbles: del naranja pálido, al rosa y al violeta, hasta un azul oscuro profundo. Todo empieza de forma discreta. Primero se asoman los objetos más brillantes —Júpiter, Marte, más tarde Venus y Saturno—. Solo después empiezan a aparecer las primeras estrellas.

Pero todo cambia muy rápido. Unas dos horas después del ocaso, las estrellas ya son incontables. La Vía Láctea cruza el cielo como una franja luminosa, perfectamente nítida. Sobre nuestras cabezas no hay solo un desfile de estrellas, sino una ventana al espacio profundo: podemos ver a simple vista galaxias lejanas. Cuando uno repara en que está mirando objetos a millones de años luz, entiende que esto no es solo un cielo bonito. Es una experiencia verdaderamente cósmica.

Hacia la medianoche, el observatorio entra en faena. Desde la cumbre del Cerro Paranal se dispara un potente haz láser hacia el cielo. Sirve para calibrar la óptica adaptativa de los telescopios y compensar las distorsiones de la atmósfera terrestre. Ver este proceso en directo, en la oscuridad absoluta del desierto, impone y pone la piel de gallina. Y no solo por la emoción: en unas pocas horas la temperatura ha pasado de agradable para tomar el sol a rozar el punto de congelación.

En los time‑lapse se aprecia de maravilla la rotación de la Tierra. Las estrellas dibujan arcos en el cielo y la noche adquiere su propio ritmo. Solo queda añadir lo de siempre: ¡Y sin embargo se mueve!

Podríamos mirar este espectáculo sin fin, pero el frío nos empuja poco a poco a buscar calor. Primero lo intentamos en la caja de nuestra camioneta pick-up. Suena a buen plan: extender las colchonetas, meterse en los sacos de dormir y contemplar el cielo tumbados hasta quedarse dormidos. Por desgracia, el frío traspasa la estructura metálica del vehículo y se cuela en los sacos. Al cabo de una hora, decidimos meternos en la cabina.

Pide un deseo

Cuando el frío también alcanza el interior del coche, cojo trípode, cámara, frontal y, sobre todo, gorro y guantes, y salgo hacia una loma a unos cientos de metros. Desde allí tengo la cumbre del Cerro Paranal como en la palma de la mano. Planto el trípode, enciendo la cámara y programo un time‑lapse para los próximos 20 minutos. Con la secreta esperanza de que toda esta actividad, al menos, me haga entrar en calor.

Al final, lo que me calienta la sangre es otra cosa. Tras unos minutos fotografiando el cielo veo caer, de oeste a este, un bólido: un trazo larguísimo que cruza medio firmamento justo sobre el observatorio y, al final, un fogonazo. Y el espectáculo celeste se apaga. Miro de reojo la cámara, aún disparando. Solo deseo que haya capturado el momento. Más tarde veríamos que sí. Y, con ello, por fin cumplo uno de mis sueños fotográficos: retratar una estrella fugaz.

Ya de madrugada, poco antes del amanecer, asoma la Luna. Todo a nuestro alrededor empieza a proyectar sombras y los matices del cielo nocturno se desvanecen: su brillo simplemente los supera. Justo antes de salir el sol, contemplamos la aurora reflejándose en los telescopios de la cumbre del Cerro Paranal. Cansados, entumecidos de frío, pero llenos de vivencias únicas de este lugar místico, aguardamos el amanecer con la esperanza de que sus rayos, por fin, nos calienten.

Observatorio Cerro Paranal

La construcción del observatorio en el Cerro Paranal comenzó en 1999. Se rebajaron más de 30 metros de la cumbre para crear una plataforma plana para los telescopios. Es uno de los mayores proyectos astronómicos de su tipo en el mundo. Si vienes alguna vez, la visita guiada merece mucho la pena; nosotros, por desgracia, no tuvimos tiempo.

Bajo la cumbre se concentra toda la infraestructura para el personal del observatorio: edificios técnicos, gimnasio, helipuerto, un pequeño aeródromo e incluso un hotel.

La oscuridad como recurso

De regreso a la carretera principal pasamos junto a una señal que aquí cobra todo el sentido. La oscuridad es un recurso valioso. Si quieres llegar hasta aquí de noche en coche, tendrás que hacerlo sin encender las luces.

Y eso define a Cerro Paranal mejor que nada: un lugar donde la oscuridad sigue perteneciendo a la naturaleza… y a las estrellas. Una última recomendación: si piensas venir, lo ideal es planificar la visita en luna nueva, cuando el resplandor del satélite no arruine la experiencia única de observar el cielo nocturno. ¡Buena suerte!

Datos sobre Cerro Paranal

  • Ubicación: desierto de Atacama, norte de Chile
  • Altitud: 2 635 m s. n. m.
  • Clima: extremadamente seco, humedad del aire casi nula, nubosidad mínima durante el año
  • Contaminación lumínica: prácticamente nula: uno de los lugares más oscuros de la Tierra
  • Observatorio: operado por el Observatorio Europeo Austral (ESO)
  • Telescopios principales: Very Large Telescope (VLT): cuatro telescopios principales de 8,2 m + auxiliares más pequeños
  • Inicio de la construcción: 1999 (se rebajaron más de 30 m de la cumbre)
  • Relevancia: uno de los centros astronómicos más importantes del mundo
  • Acceso al público: solo mediante visitas organizadas, con reserva previa obligatoria