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Tras una mañana agradable e interesante en Salinas Grandes, seguimos nuestro viaje rumbo al oeste. Por delante nos esperan unos 350 kilómetros por un territorio totalmente desconocido para nosotros. En el mapa parece relativamente sencillo: una línea serpenteante que va de Argentina a Chile, hasta San Pedro de Atacama. Pero intuimos que la realidad será bastante más variada.

La única certeza es que nos moveremos siempre a gran altitud, en un paisaje extremadamente seco y con una infraestructura mínima. No hay ciudades, apenas algunas aldeas, largos tramos sin cobertura y un entorno que premia a quien llega preparado. Vamos llenos de preguntas, pero también de curiosidad y respeto. Esa buena tensión que forma parte de viajar.

Según la información disponible, la carretera está pavimentada en todo el recorrido. Y, aunque no lo estuviera, vamos preparados. En Salta alquilamos una pickup Nissan Frontier que, en esta parte del mundo, no parece un lujo superfluo, sino un seguro sensato. El coche va bien cargado, el agua repuesta y arrancamos.

El paisaje a nuestro alrededor

Poco a poco nos acostumbramos al carácter de esta tierra. A nuestro alrededor asoman cerros que se elevan sobre una carretera ya de por sí alta. La ruta serpentea y asciende con calma desde los 3 500 m s. n. m. iniciales hasta los 3 800 m s. n. m. Tras aproximadamente una hora de conducción, nos detenemos en el pueblo de Susques.

Según el mapa aquí debería haber una gasolinera y, como queremos mantener una buena reserva, nos ponemos a buscarla. Al final la encontramos a la salida del pueblo, en lo alto de una loma. Llenamos el depósito y, como el hambre empieza a apretar, salimos también en busca de un lugar donde comer.

Un restaurante en el fin del mundo

Susques es realmente pequeña, una aldea andina de las de siempre, y encontrar restaurante no lleva mucho: hay apenas unas cuantas calles. Acabamos en un local discreto, somos los únicos clientes y nos atiende la dueña, tan sorprendida por nuestra visita como nosotros por haber terminado aquí. A señas y con sonrisas pedimos el único plato que puede prepararnos: un filete a la parrilla con guarnición y ensalada. Con el tiempo entenderemos que este menú, aquí, es casi un lujo y hay que apreciarlo. Del precio, casi simbólico, ni hablemos. Nos sorprenden para bien el Wi‑Fi y unos baños más que decentes. Llegamos con dudas; nos vamos bien comidos y con buena sensación.

Al salir del pueblo, aún nos topamos con una estampa curiosa: muchos vecinos, desde la carretera principal, siguen un partido de fútbol que se juega en el campo local. Un poco descansados, con el depósito lleno y, sobre todo, bien alimentados, dejamos Susques y seguimos camino.

Rumbo a la frontera

Hasta la frontera chileno-argentina quedan algo más de 100 kilómetros. En esta fase la ruta sigue ganando altura, poco a poco pero sin pausa, hasta unos 4 250 m s. n. m. Tras algo más de una hora llegamos a la última localidad argentina, Jama, donde está el control fronterizo. Aquí funciona algo distinto a lo que uno espera: hay que dejar el coche en el aparcamiento, bajar y, con los documentos en mano, entrar en un edificio cercano donde operan a la vez ambos controles —el argentino y el chileno—. Revisan a fondo toda la documentación: pasaporte y, en mi caso, la tarjeta de residente paraguayo — cédula. Luego viene la verificación de los papeles del vehículo. La empresa de alquiler nos había dado todos los documentos necesarios y aquí el funcionario los sella. No falta la inspección del coche y del equipaje. La normativa local prohíbe ingresar con muchos tipos de alimentos. Aunque llevamos algunas provisiones, finalmente no hay problema. Tras unos treinta minutos de trámites, nos permiten continuar.

La línea fronteriza está a un paso del control. Está señalizada de forma bastante discreta y la cruzamos sin darnos cuenta. Como quiero una foto junto al hito, doy la vuelta y regresamos al lugar donde pasa esa línea imaginaria que separa ambos países. Hay un pequeño aparcamiento y, en lugar de un mojón clásico, una estructura metálica con una placa: por un lado dice Argentina y por el otro Chile. Tras la foto y una breve pausa, encaramos la última etapa hacia San Pedro de Atacama.

Aquí nacen los sueños

Es este tramo el que más sorpresas trae. Lo primero que esperaba era que, desde la frontera, la carretera solo bajara. Ocurrió lo contrario. El ascenso siguió durante un buen trecho y el punto más alto resultó ser un puerto, ya en territorio chileno, a unos imponentes 4 831 m s. n. m. Otra sorpresa fue el cambio de paisaje. Mientras el lado argentino se sentía más monótono, desértico y seco, en el chileno todo parecía más colorido. Especialmente interesantes fueron los tramos alrededor de las lagunas: espejos de agua llenos de flamencos con, al fondo, las laderas del Altiplano teñidas de colores. Imágenes que se nos grabaron enseguida.

Lo más llamativo, sin embargo, llega a pocos kilómetros de nuestro destino. Pasamos sin darnos cuenta el desvío hacia el complejo de investigación Atacama Large Millimeter Array (en el momento ni sabíamos que existía), pero enseguida nos hace parar un desvío hacia Bolivia. La frontera chileno-boliviana está literalmente a un paso y, de no ser por el sol que se pone, nos habríamos asomado por allí. Al final decidimos que es más sensato llegar a San Pedro de Atacama con luz. Lo que más nos atrapa la mirada es un volcán piramidal y rotundo a nuestra derecha. Es, sin duda, la gran protagonista de la zona. Esa cumbre cuyo nombre aún desconocemos parece sacada de una enciclopedia. Nada aquí llama más la atención que ese triángulo silencioso. Me impresiona tanto que, en cuanto puedo, miro el mapa para saber su nombre: es el volcán Licancabur.

Así fue que, aquel día, no solo cruzamos por primera vez los Andes de un lado a otro, sino que además nació un nuevo sueño: algún día subir ese volcán que dominó con tanta fuerza el final de nuestro recorrido.

A nosotros nos quedaba en esa jornada un descenso casi interminable desde el altiplano hasta San Pedro de Atacama. Llegamos aún con luz, nos instalamos en un hotel del pueblo y caemos rendidos en la cama, llenos de imágenes de una ruta única.

Datos del Paso de Jama

  • Nombre: Paso de Jama
  • Ubicación: paso fronterizo entre Argentina y Chile
  • Punto más alto: alrededor de 4 831 m s. n. m. (en el lado chileno)
  • Conecta: el noroeste de Argentina (provincia de Jujuy) con el área de San Pedro de Atacama en Chile
  • Tipo de ruta: asfaltada, transitable todo el año (según el clima)
  • Carácter del paisaje: Altiplano de gran altitud, entorno desértico, lagunas y salares
  • Qué ver cerca: lagunas con flamencos, el volcán Licancabur, el complejo científico Atacama Large Millimeter Array (ALMA)

El Paso de Jama es uno de los cruces carreteros más altos y escénicos de los Andes, y una de las principales puertas entre Argentina y el desierto de Atacama.