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Hace unos dos años y medio cruzábamos en coche de Argentina a Chile por el Paso de Jama. Ya del lado chileno, a la derecha se alzó de golpe la silueta monumental del Licancabur. La visión de aquel ‘monstruo’ me dejó clavado y supe al instante que algún día tendría que subirlo. Desde entonces, la idea de conquistar el Licancabur se me quedó grabada.

¡Vamos a por ello!

Durante nuestro deambular por Bolivia llegamos hasta la laguna Salada, lo bastante cerca como para intentar la ascensión. Llevábamos ya dos semanas moviéndonos por el Altiplano, así que, al menos en parte, estábamos aclimatados. Iva andaba entonces lidiando con una infección respiratoria, así que al ataque final se apuntó solo Braňo, que acabó dándole un toque inolvidable a la jornada.

En un principio barajamos contratar guías locales, pero, como casi todo en nuestro viaje por Bolivia, lo dejamos para el último momento y no hubo forma de conseguir uno de un día para otro. Por suerte, una mujer de una agencia local nos pasó por WhatsApp la información básica de la ruta hasta la cumbre y sobre las condiciones del momento.

La preparación es la clave del éxito

El inicio del trekking quedaba a una hora en coche de nuestro alojamiento. Pusimos la alarma a las 3:00. Habíamos dejado todo listo la noche anterior, así que por la mañana nos subimos al coche y salimos rápido por la pista que cruza el desierto Salvador Dalí rumbo a las lagunas Verde y Blanca.

Fue junto a estas lagunas donde el macizo del Licancabur se nos mostró por primera vez. Pero aún era noche cerrada: lo único visible era el leve reflejo de la luna sobre la cumbre nevada. Y sí, la altura que nos esperaba imponía de verdad.

Tras una búsqueda nocturna del desvío correcto entre las lagunas, llegamos al punto de partida poco antes de las cinco. Además, tuvimos suerte: a pocos kilómetros había una barrera en la pista, abierta por fortuna. Probablemente porque no éramos los únicos en intentar la cumbre aquel día; en el inicio vimos aparcado el coche de una agencia local.

Un ascenso interminable

Con un frío cortante empezamos a ganar altura. Para orientarnos en la oscuridad usamos la app Mapy.cz (Mapy.com), aunque el sendero era la mayor parte del tiempo bastante evidente incluso de noche. Tras unas dos horas, por fin amaneció: los primeros rayos fueron inundando el valle y las lagunas Verde y Blanca. La luz nos devolvió el ánimo y nos templó el cuerpo.

Pero a cada metro de desnivel la temperatura caía y la falta de oxígeno se hacía notar. Nada dramático, pero el cansancio iba en aumento. La solución: paradas más frecuentes, tras las que uno se siente bien… hasta dar los primeros pasos de nuevo. Poco a poco, incluso los gestos mínimos —cambiarse una capa, sacar el termo de la mochila o manipular el material— se volvían sorprendentemente arduos.

La montaña que engaña con la cumbre

El sol trajo otra ventaja: por fin veíamos hacia dónde íbamos. Por experiencias previas me parecía que la cumbre que teníamos delante no quedaba tan lejos y que, en teoría, podíamos conseguirlo. Tras un breve descanso y el desayuno, seguimos. La pendiente iba ganando inclinación, pero el trazo seguía siendo relativamente sencillo y claro de seguir.

Al principio no caímos en lo mucho que nos comían tiempo las paradas. La primera cura de realidad llegó sobre las once: según el GPS aún no habíamos superado los 5.500 metros. Y se hizo evidente que la montaña nos estaba engañando. Lo que tomábamos por cumbre resultaba ser siempre un cambio de pendiente; al coronarlo, aparecía otro tramo que parecía no acabar nunca. Este patrón se repitió al menos cuatro veces más. A nivel mental, desgastaba lo suyo.

¿Darnos la vuelta o seguir?

Al ver que el reloj corría más de la cuenta, le propuse a Braňo dar la vuelta. Él no quiso: sugirió apretar un poco más y tratar de alcanzar la cumbre.

Cuando ya íbamos literalmente sin aliento y mis dudas sobre la seguridad del horario crecían, el terreno empezó a tumbarse y, según el GPS, estábamos justo bajo el cráter somital. Aceleré el paso. Pocos minutos después vi, clavado en un montón de piedras, el palo que marcaba la cumbre.

También asomé la vista al cráter, inundado desde hace tiempo por el agua: en realidad es un lago helado. Unos minutos más tarde llegó Braňo. Cansados pero felices por el logro, hicimos una foto juntos y nos dejamos llevar por los horizontes sin fin.

Pero el reloj era claro: había que bajar cuanto antes. Eran casi las tres de la tarde y nos quedaban unas cuatro horas de descenso.

Un descenso interminable

Pensé que lo peor había pasado, pero el descenso acabó siendo la parte más crítica. Resultó que, en su empeño por hacer cumbre, Braňo había calculado mal sus fuerzas. Bajando iba notablemente más lento que yo y estaba claro que no llegaríamos al coche con luz.

Mis intentos por animarlo servían de poco: hacía lo que podía. Al final, la bajada se convirtió en una carrera contra los últimos rayos y los restos de calor. Poco después de la puesta de sol se levantó el viento y la última hora fue un auténtico suplicio. Para mí, por el frío; para Braňo, por el agotamiento absoluto.

Final feliz

Por suerte, todo terminó bien. Braňo aguantó sin una lesión que complicara las cosas y, hacia las siete de la tarde, alcanzamos el coche. Exhaustos, helados, pero a salvo.

Lecciones del Licancabur

El Licancabur me dejó algo más que una cumbre tachada en la lista. Me recordó que en la gran altura no basta con la voluntad ni con la forma física: mandan el tiempo, la humildad y la capacidad de decidir bien incluso cuando la meta está a tiro. La montaña no perdona errores y cada metro extra pasa factura.

Si tuviera que quedarme con una sola lección sería esta: la cumbre es solo la mitad del camino; la vuelta suele ser lo más importante.


Licancabur: resumen esencial

Altitud: 5916 m s. n. m.
Ubicación: frontera de Bolivia y Chile
Tipo de volcán: estratovolcán (inactivo)
Carácter de la ascensión: técnicamente sencilla, físicamente y mentalmente muy exigente
Principales riesgos: altura, viento, frío, subestimar el tiempo y el descenso
Curiosidad: en el cráter se encuentra uno de los lagos situados a mayor altitud del mundo