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Durante nuestra primera visita a Argentina en 2022 conducíamos desde el pueblo de San Antonio de los Cobres rumbo a la frontera chilena. Nos esperaba el cruce de los Andes por el Paso de Jama y nuestro objetivo era llegar hasta San Pedro de Atacama. Una de las paradas en esa ruta fue precisamente las Salinas Grandes en la provincia de Jujuy.

Dónde están las Salinas Grandes

Salinas Grandes se encuentran en el norte de Argentina, en el límite entre las provincias de Jujuy y Salta, a unos 3 400 metros sobre el nivel del mar. Es un extenso salar de unas 212 km², entre los más grandes del país.

Camino desde San Antonio de los Cobres

Poco después de dejar San Antonio de los Cobres, cuando la ruta empezó a bordear la planicie, empezamos a darnos cuenta de las dimensiones descomunales del lugar. El salar se fue abriendo ante nosotros y, kilómetro a kilómetro, parecía más grande y más vacío.

Aunque las Salinas Grandes no figuran entre los salares más extensos del mundo, sobre el terreno se sienten casi infinitas. A lo lejos asoman cumbres volcánicas nevadas. Es un paisaje que, en lo personal, me conquistó al instante.

El salar por primera vez

Llegamos a la atracción por una carretera secundaria y solo al final del trayecto enlazamos con la ruta 52, que cruza Salinas Grandes. Desde lejos ya se veía el aparcamiento, lleno de turistas, autobuses y puestos. A los pocos minutos llegamos nosotros también, dejamos el coche en el aparcamiento justo al borde del salar y empezamos a explorar.

No era, conviene decirlo, un lugar silencioso. Al contrario: había muchos puestos de souvenirs, grandes y pequeños, una oficina de información y varias actividades para visitantes. Entre ellas, la posibilidad de contratar un guía de habla hispana que nos llevó directamente a la superficie del salar.

La experiencia fue aún más interesante porque nos permitieron entrar al salar con nuestro propio coche. Nada más entrar entendimos la fuerza del sol aquí. El cielo estaba sin una sola nube y la luz dura, rebotando en la sal blanca, literalmente nos quemaba los ojos. Sin gafas de sol y protector solar potente, mejor ni lo intenten.

Tras unos minutos de conducción nos detuvimos en un punto donde la guía nos dio una explicación. Lástima que no le entendimos ni una palabra, aunque intentamos captar algo. Más que la explicación, nos llamó la atención el paisaje a nuestro alrededor. Estábamos en una zona donde en el salar había canales excavados artificialmente y llenos de agua. El agua tenía un azul muy claro y, a primera vista, parecían más bien las piscinas de un resort elegante que parte de un paisaje de alta montaña tan áspero.

Al final pasamos alrededor de una hora en el salar y, como la mayoría, aprovechamos para sacar fotos únicas. La infinitud de la superficie blanca destaca aún más desde el dron, que por supuesto hice volar aquí. Al terminar regresamos al aparcamiento, donde todavía pasamos un buen rato comprando recuerdos. Aún nos quedaba un largo camino hacia Chile, así que finalmente le dijimos adiós al lugar y seguimos rumbo al oeste.

Salinas Grandes como parte del cruce de los Andes

Esta parada no era un fin en sí mismo, sino parte de un largo traslado a través de los Andes. Quizá por eso nos impresionó tanto. Para nosotros fue el primer contacto con un salar. Ya habíamos recorrido y visto mucho, pero esto era nuevo incluso para nosotros. La superficie blanca de Salinas Grandes, dura y agrietada, fue sencillamente algo distinto. Si alguna vez pasan por allí, merece una breve parada.