Nuestro viaje por el territorio chileno avanza hacia su segunda mitad y, tras cruzar los Andes, llegamos hasta el Océano Pacífico, concretamente al pueblo portuario de Mejillones, a poca distancia al norte de Antofagasta. El pueblito en sí parece discreto, pero basta mirar hacia el océano para ver que el principal atractivo del lugar es el imponente macizo de la Península de Mejillones, que se eleva directamente desde el mar. Domina el horizonte y atrae la atención constantemente. Tras unas pocas horas en el pueblo quedó claro que la excursión a esta península era solo cuestión de tiempo.

Excursión a la península

Salimos hacia la península en coche directamente desde Mejillones. El camino está pavimentado durante todo el trayecto, pero es bastante estrecho y en algunos tramos realmente muy empinado y serpenteante. No es de extrañar: conduce hasta poco debajo de la cumbre local, el Morro Mejillones, que se eleva sobre el océano circundante hasta los 751 metros.

En su cima se encuentran instalaciones militares y de navegación, incluidos radares y un faro, que apuntan al significado estratégico de este lugar. Durante la conducción se abren constantemente nuevas vistas ante nosotros: por un lado, el desierto seco e inhóspito de Atacama; por el otro, el infinito Océano Pacífico. El contraste entre estos dos mundos es extraordinariamente fuerte y parece casi irreal. Tras dos días cruzando los Andes lo recibimos con los brazos abiertos.

Lugar estratégico con pasado militar

La Península de Mejillones no es extraordinaria solo por su paisaje austero, sino también por su importante valor natural. La parte sur de la península forma parte del Parque Nacional Morro Moreno, que protege el ecosistema único del lugar donde el desierto extremadamente seco de Atacama se encuentra con el océano. Es aquí donde encuentran refugio muchas especies de aves, mamíferos marinos y fauna costera, lo que confiere a la península un papel importante en la conservación.

Aparte de su importancia natural, la península siempre ha desempeñado un papel estratégico clave. Su ubicación permite el control de las rutas marítimas a lo largo de la costa norte de Chile, algo que tuvo una gran repercusión especialmente en el siglo XIX durante la guerra de Chile contra Perú y Bolivia.

Uno de los lugares más destacados de la península es el Mirador Punta Angamos, un mirador situado al final del camino que atraviesa la península. Además de las vistas impresionantes, aquí hay antiguos cañones costeros que aún recuerdan el significado militar de la península. Mientras leemos los paneles informativos, el silencio del lugar se rompe a veces por un sonido no identificado proveniente de los acantilados cercanos. Por más que lo intentemos, no logramos averiguar el origen de esos sonidos.

Por fin una playa

Desde el mirador descendemos por un camino empinado hasta la cercana playa Punta de Cuartel. El descenso hacia el mar es en sí una experiencia: el árido paisaje rocoso va transformándose y el océano se acerca con cada metro recorrido. Cuanto más cerca del mar, más empinado es el camino. Finalmente, un tramo muy pronunciado desemboca directamente en la playa.

La playa Punta de Cuartel tiene un carácter completamente distinto al de las playas que habíamos conocido hasta entonces. No es un lugar turístico, sino más bien un espacio donde los habitantes locales van a hacer picnics y a pasar tardes tranquilas.

El océano aquí tiene un color increíblemente verde, que en contraste con el paisaje desértico circundante resulta casi surrealista. Pero la experiencia más grande fue otra totalmente distinta. Mientras nadábamos en el océano, Iva notó que una criatura nadaba justo junto a la playa. No era un pez pequeño ni un delfín, sino un león marino (a menudo incorrectamente llamado morsa). No lo dudé: me puse las gafas de bucear y me dirigí hacia esa criatura con la esperanza de verla de cerca.

Al final el animal resultó ser más tímido de lo que esperaba y en el agua no tuvo problema alguno para evadirme y nadar rápidamente hasta una distancia segura. El encuentro con el animal no llegó a concretarse del todo, pero gracias a su presencia comprendimos finalmente qué sonidos habíamos oído en el mirador. Eran precisamente las vocalizaciones de esta criatura, para nosotros bastante exótica. La experiencia de verlo en libertad se convirtió, al fin, en el punto culminante del día.

Al final pasamos toda la tarde en la playa e incluso logramos broncearnos un poco. Y aunque el agua era más bien fresca, nos bañamos en ella varias veces.

Conclusión

La Península de Mejillones es exactamente ese lugar que eliges por casualidad y donde, una vez allí, te das cuenta de que estás en un territorio con profundo significado histórico y militar, un papel importante en la conservación de la naturaleza y, al mismo tiempo, un lugar que une el icónico desierto de Atacama con el Océano Pacífico.

Todo aquí se mezcla y no molesta en absoluto. Todo lo contrario: crea una atmósfera única e inolvidable que nos llevamos de este lugar.

Como extra queda en la memoria el encuentro con el león marino – un breve e inesperado momento que cierra simbólicamente toda la excursión.