
Tras visitar las lagunas del Salar de Atacama, regresamos hacia la ciudad de San Pedro de Atacama. Nuestra segunda parada del día es una de las atracciones más conocidas de la zona: el Valle de la Luna. El propio nombre ya anticipa lo que viene: un paisaje que tiene poco que ver con la Tierra.
Información básica sobre el Valle de la Luna
El Valle de la Luna se encuentra a pocos kilómetros de San Pedro de Atacama y forma parte de la Reserva Nacional Los Flamencos. La zona es famosa por su clima extremadamente seco, la erosión del viento y la sal, y un relieve de formas y colores que recuerda a la superficie de la Luna.
El valle está abierto al público y la mayoría de los lugares se pueden visitar desde la comodidad del coche. Para quienes prefieren caminar, hay cortos recorridos a pie que conducen a miradores y formaciones rocosas.
Entrada a un paisaje lunar
Llegamos a la entrada principal del Valle de la Luna, donde se paga la entrada. Todo funciona de forma sencilla: llevamos las entradas compradas online y, al entrar, solo mostramos el código QR en el teléfono. El empleado lo escanea y nos deja pasar. Nos dan instrucciones básicas sobre la protección del entorno y nuestra seguridad, y nos entregan un mapa del recorrido con sus paradas.
Tomamos la carretera que nos llevará hacia algo de lo que aún no tenemos una idea clara. El nombre sugiere algo lunar, pero aun así nos intriga cómo un lugar sin vida puede convertirse en una atracción turística.

Al cabo de un kilómetro ya está claro que aquí hay mucho que ver. A nuestro alrededor empiezan a aparecer dunas de arena, líneas extrañas en el terreno y las primeras formaciones rocosas de siluetas caprichosas que parecen de otro mundo.
Vamos pasando por las distintas paradas, que sirven como puntos de inicio de varios recorridos que ofrece la zona. Algunas son muy básicas: un simple apartadero con un pequeño aparcamiento. Otras ya cuentan con agua corriente y baños. Todo es sencillo, pero funcional.
Arena, rocas y sequedad absoluta
Elegimos uno de los recorridos cortos y nos adentramos a pie en el paisaje lunar rumbo a un cerro cercano. El sendero está bien señalizado, aunque por tramos avanza sobre arena blanda y nos hundimos bastante. Un buen calzado aquí se agradece.
Llegamos a la cima tras unos 30 minutos de caminata. La recompensa es una preciosa vista del entorno, lleno de dunas, rocas y vacío. Las dunas se alternan con laderas modeladas por la erosión y rocas esculpidas durante miles de años por el viento y la sal. Algunas nos recuerdan al Sáhara: arena fina, líneas afiladas y un vacío absoluto a su alrededor.

Hay que decir que no estamos en la mejor hora: es mediodía y el sol nos cae a plomo. Sin protector solar, gafas de sol y suficiente agua yo ni lo intentaría: en este entorno el sol es realmente implacable.

El aire es extremadamente seco, las temperaturas altas y prácticamente no existe un lugar donde resguardarse del sol. No conviene subestimar los desplazamientos fuera del coche; mejor ir bien preparado.
Vida al límite
La única forma de vida que registramos en esta área fue un pequeño arbusto verde, del tamaño aproximado de un balón de fútbol. En un lugar donde casi no llueve y el suelo está saturado de sal, su mera existencia parece un pequeño milagro.
Formaciones rocosas y juego de imaginación
Aunque toda la zona está llena de formas curiosas, algunas se quedan más en la memoria que otras. Una de las últimas formaciones que visitamos nos recordó de inmediato a la cabeza de un tiranosaurio rex. Se trata de la conocida formación llamada Tres Marías, uno de los iconos del valle y protagonista habitual de las fotos de la zona.

Hacia la zona prohibida
Para terminar, nos acercamos en coche hasta el final del recorrido oficial. Aunque el camino continúa, una barrera metálica lo corta. Según el mapa, esa pista podría devolvernos a la carretera principal que va a San Pedro de Atacama.
Un poco más allá, dos jóvenes holandeses tienen aparcado un vehículo camper. Les preguntamos si saben si el camino es transitable. Responden con sequedad: que lo intentemos y ya veremos. Así que lo intentamos.
Apartamos la barrera y seguimos adelante. Al principio la pista está en buen estado y no se diferencia de la que traíamos. Tras alrededor de un kilómetro, gira bruscamente y desciende con fuerza hacia la carretera principal. Sin un todoterreno 4×4 yo ni siquiera lo intentaría.
Y aunque lo intenten, les espera el mismo desenlace que a nosotros. Al final hay un terraplén artificial que ni nuestro coche pudo superar. Con la carretera principal literalmente a la vista, toca dar la vuelta y regresar por la ruta estándar hasta el acceso oficial al Valle de la Luna.
Lo intentamos. No salió. También forma parte de explorar.
Conclusión
Para nosotros, el Valle de la Luna fue el contrapunto claro a la visita previa a la Laguna Chaxa. Mientras la laguna transmite calma y amabilidad, el Valle de la Luna es rudeza, sequedad y un paisaje hostil pero interesante. Al principio lo tomamos como una parada breve en ruta, pero pronto vimos que es un lugar que merece más tiempo y atención.
Esta parte del día nos mostró un rostro completamente distinto de Atacama: una tierra sin sombra, con vida mínima, pero de un impacto visual potente. Si alguna vez están en San Pedro de Atacama, reserven un rato para venir.
