
Durante nuestro viaje por Bolivia en el verano de 2025 entendimos muy pronto que el combustible (gasolina y diésel) es un problema real. Ya antes de volar nos habían llegado noticias de escasez. Y que no eran solo rumores nos lo confirmó, nada más aterrizar, el responsable de la oficina de Hertz donde alquilamos el coche para la ruta.
La escasez era solo una cara de la moneda. Bolivia es un país enorme y no es raro recorrer cientos de kilómetros sin ver una sola estación de servicio. La combinación de abastecimiento limitado y grandes distancias nos hacía preguntarnos, con razón, cómo nos arreglaríamos para movernos por el país en coche.
Índice
Cuando el Estado fija los precios, no suele acabar bien
La falta de combustible en las gasolineras tenía que ver con un sistema en el que el gobierno boliviano lleva tiempo fijando el precio muy por debajo del de mercado mediante subvenciones. A primera vista es una ventaja para los locales: el combustible es barato.
El problema surge cuando el precio administrativo queda por debajo de los costes reales de importación y distribución. Si el Estado mantiene artificialmente bajo el precio mientras traer y producir combustible cuesta más, alguien acaba pagando la diferencia. O la cubre el presupuesto público, o se recorta en las cantidades importadas.
Un precio así dispara la demanda y la realidad logística no puede sostenerla a largo plazo. En 2025 se sumó además la presión sobre las reservas de divisas del país y su dependencia de la importación. Si no hay suficientes dólares para comprar combustible fuera o si los envíos se retrasan, llega menos combustible, y el resultado son colas interminables ante las estaciones de servicio.
Repostar al precio subvencionado
El sistema de subvenciones estaba pensado para vehículos y residentes locales. Al repostar se introducía la matrícula y con ella se determinaba el precio. Aunque nuestro coche llevaba matrícula boliviana, un turista con un vehículo de alquiler, en principio, no tiene derecho a la tarifa subvencionada.

Al recoger el coche, el gerente de la oficina nos propuso una solución. Nos extendió un documento que decía que éramos empleados de una empresa boliviana. Ese papel existía única y exclusivamente para poder repostar al precio local. En realidad, por supuesto, no teníamos ninguna relación laboral.
Ese justificante nos ayudó varias veces al repostar. Su objetivo era disipar la sospecha de que éramos turistas extranjeros.
Este pequeño y, en esencia, inofensivo «travel hack» nos ahorró bastante dinero al viajar por Bolivia y funcionó sin problemas en todas las estaciones oficiales. Su utilidad, sin embargo, se esfumó en cuanto nos adentramos en zonas más remotas del país.
¿Te ha interesado este destino? ¿Te gustaría visitarlo con tu perro? Comprueba los requisitos de entrada directamente en BorderCooler®.
Barato, pero imposible de conseguir
Mientras en las grandes ciudades repostar no suponía mayores complicaciones, los problemas empezaron en cuanto pisamos las áreas más remotas y menos conectadas del Altiplano. Dimos con gasolineras cerradas, horarios de venta restringidos y colas de varias horas. Simplemente no había combustible, y daba igual ser local o visitante.
Y, como tantas veces, donde falla el Estado entra en juego el mercado libre, a menudo despectivamente llamado «mercado negro».
Mercado negro
En pueblos y aldeas donde no había combustible, a veces era posible comprarlo a los vecinos. Tocaba preguntar, esperar y aceptar un precio aproximadamente diez veces superior al subvencionado, que venía a equivaler al precio no subvencionado.
Por supuesto, era una compra incierta. Hubo pueblos donde logramos conseguir combustible y otros donde, sencillamente, no fue posible.

Bidones
Para movernos con eficacia en este contexto y llegar de verdad a zonas remotas, no podía faltarnos la equipación adecuada. La base del éxito fue llevar en el coche suficiente combustible. Eso significaba no depender solo del depósito del vehículo, sino cargar también —en nuestro caso— tres bidones de 20 litros. Tras acordarlo, nos los facilitaron en la propia oficina de alquiler junto con el coche por un pequeño suplemento.
Conviene advertir que en las gasolineras habituales no era posible llenar directamente los bidones. Lo intentamos, pero el personal se negó una y otra vez. Si queríamos reponer la reserva de los bidones, solo teníamos dos opciones:
- comprar fuera de las estaciones, en el mercado negro,
- trasvasar combustible del depósito del coche a los bidones y volver una y otra vez a las gasolineras.
Por suerte, no hizo falta recurrir a esta segunda opción durante el viaje, algo que agradecimos: es un proceso relativamente lento.
En conjunto, llevar bidones en el coche nos dio un confort enorme. Sin ellos, nuestro periplo, en la práctica, no habría sido posible. El hecho de que viajáramos con un perro exigía aún más planificación. Hacer cola durante horas bajo el sol y con calor frente a una estación de servicio con el perro en el coche estaba fuera de toda discusión. Igual de inasumible habría sido quedarnos sin combustible en medio del Altiplano.
Para completar, además de los bidones llevábamos una manguera para trasvasar, un lote de botellas de plástico vacías con las que improvisábamos embudos y un paño pequeño para filtrar impurezas del combustible.
Y un consejo más: planifica siempre con antelación la manipulación del combustible, no lo hagas de noche y evita las temperaturas extremas (frío y calor). Prioriza la seguridad.
Dónde repostamos
A continuación incluimos la lista de lugares donde, durante el viaje, repostamos en estaciones convencionales, en el mercado negro y también de aquellos donde no logramos repostar. Es puramente informativa y conviene asumir que las condiciones cambian con rapidez. Sirve sobre todo para hacerse una idea de la magnitud del problema.
Repostar en ciudades
Repostar en ciudades como Santa Cruz de la Sierra, Tupiza, Tarija, Roboré, San Cristóbal y similares fue siempre sencillo. Había combustible y las esperas iban de unos minutos a, como mucho, media hora.
Repostar en el mercado negro
Recurrimos al mercado negro con bastante frecuencia, casi tanto como a las estaciones oficiales. Estos son los lugares donde lo hicimos:
- Jirira – pueblo en la orilla norte del Salar de Uyuni. La búsqueda de vendedor fue algo lenta, pero acabó bien.
- Tahua – capital del cantón Tahua en la orilla norte del Salar de Uyuni. Aquí incluso nos asistió un policía local durante el «repostaje».
- Llica – pequeña ciudad olvidada en el noroeste del Salar de Uyuni. Tuvimos suerte y dimos con un vendedor justo a la entrada del pueblo.
- San Pedro de Quemes – pueblo donde resolvimos todo: lavamos el coche, cambiamos dinero y repusimos combustible.
- Villa Mar – pueblo en la zona sur de Bolivia. Allí la escasez de combustible ya se notaba también en el mercado negro. Conseguimos, sí, pero solo unos pocos litros.

Donde no tuvimos éxito
Pese a todos los intentos, también hubo lugares donde no conseguimos combustible. Sobre todo en el sur del Altiplano, por ejemplo en los alrededores de la Laguna Colorada, la zona de las termas Aguas Termales Chalviri o el pueblo de Quetena Chico, a los pies del volcán Uturuncu.
Conclusión: la suerte premia a quienes se preparan
Moverse en coche por Bolivia en tiempos de escasez de combustible exigió pensar por adelantado. No bastaba con tener una ruta. Había que contar con las distancias, comprobar la disponibilidad de estaciones, llevar reserva y estar listos para improvisar.
La clave fue:
- llevar suficiente combustible, en el depósito y en bidones,
- reponer siempre que hubiera ocasión,
- no fiarlo todo a una sola estación de servicio,
- contar con un equipo básico para manipular combustible,
- planificar los desplazamientos pensando en la temperatura y en la comodidad del perro.
Fue más exigente en lo logístico que lo que estamos acostumbrados en Europa. Aun así, la escasez no nos dejó tirados en ninguna parte. En ningún momento nos quedamos sin poder seguir.
Al final volvió a cumplirse una regla sencilla: la suerte premia a quienes se preparan. En Bolivia, el doble.
