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Aunque durante nuestro viaje por carretera en Noruega fui yo quien eligió la mayoría de destinos, Iva también participó en la planificación. Uno de los lugares que añadió al itinerario fue precisamente la isla de Leka. Sinceramente, jamás habíamos oído hablar de este sitio. Por eso fue aún más interesante descubrir que no era solo otra isla discreta, sino un lugar excepcional en el panorama geológico mundial.

El ferry ya es una sorpresa

La isla de Leka se encuentra en la costa del centro de Noruega, al norte de la ciudad de Namsos, en la región de Trøndelag. Tiene una superficie de unos 57 km² y viven aquí alrededor de 580 habitantes. En el mapa parece discreta, pero su relieve cuenta una historia muy distinta.

Ponemos rumbo a la isla tras una noche en el camping Haran, junto a la carretera E6. Amanecemos de nuevo con lluvia y viento: un tiempo al que ya nos habíamos acostumbrado en este viaje por Noruega.

El ferry a la isla de Leka sale de la pequeña aldea portuaria de Sør-Gutvika (Gutvik) y es gratuito. Puedes esperar el ferry dentro del coche o en el pequeño edificio del puerto.

Y es precisamente la que más nos sorprende. La sala de espera está climatizada, tiene wifi, agua potable, enchufes y aseo. No faltan unas cuantas mesas con sillas, revistas y una bonita vista a la bahía. Y eso define muy bien a Noruega: la calidad de los servicios y de la infraestructura te sorprende gratamente incluso donde menos lo esperas.

La travesía dura apenas unos minutos, pero aun así el ferry es cómodo, ofrece posibilidad de tomar algo y, como es de esperar, cuenta con acceso sin barreras.

Primeras impresiones de la isla

Leka no es una isla grande; en coche se recorre en menos de 30 minutos. Nada más desembarcar no parece especialmente distinta. Todo cambia cuando nos adentramos en su lado occidental. De pronto tenemos la sensación de estar viendo algo poco habitual en Noruega.

La parte occidental de la isla está formada por las llamadas ofiolitas, rocas que normalmente se encuentran a gran profundidad bajo la corteza terrestre. Salieron a la superficie por los movimientos de las placas tectónicas, cuando la corteza oceánica se hundió bajo la continental. El resultado es un paisaje que por momentos recuerda más a México o al suroeste de Estados Unidos que a la Noruega de postal.

Como curiosidad, rocas similares aparecen también en la costa este de Norteamérica, un indicio de antiguos procesos geológicos que en su día conectaron estas zonas.

El contraste en la isla es marcado. El oeste es más seco, rocoso y visualmente atípico, mientras que el este conserva el carácter noruego clásico: verde, más amable y tranquilo. En muy poca superficie encontramos varios lagos, un relieve quebrado e incluso alcanzamos a ver una de las cascadas locales.

Hay varias rutas de senderismo bien mantenidas, refugios y miradores. El punto más alto de la isla es el pico Vattind, al que se puede acceder por sendero y que ofrece vistas de la isla y del mar que la rodea.

La base de servicios es sencilla pero funcional: más allá de un par de cafeterías, algunas tiendas y una curiosa mini gasolinera, no encontrarás mucha infraestructura. Por eso se agradecen los refugios junto a la carretera. El que visitamos tenía un WC limpio y operativo, un enchufe y un espacio para sentarse.

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Cueva de Solsemhula

En la isla también se encuentra la cueva Solsemhula, uno de los yacimientos arqueológicos más conocidos de Noruega. Es famosa por sus pinturas rupestres prehistóricas, datadas aproximadamente hacia el 2500 a. C. La cueva solo se abre al público mediante visitas guiadas organizadas.

A la cueva conduce un corto sendero desde el aparcamiento. Elegí precisamente ese tramo para sacar a pasear a Iba. Es una caminata sencilla, unos 30 minutos ida y vuelta. El terreno es fácil, aunque hay que contar con suelo húmedo y, por tramos, barro. Aun así, la ruta es segura e ideal para ir con perro.

La entrada a la cueva estaba, como era de esperar, cerrada con llave. Solo encontramos un panel informativo y, no muy lejos del acceso, un banco con vistas a la costa. No nos detuvimos mucho: tras un almuerzo rápido en el aparcamiento regresamos al puerto y, después, al continente.

Conclusión

Leka fue exactamente ese tipo de lugar que quizá yo no habría incluido por mi cuenta. Visitar la isla no te llevará mucho tiempo, pero ofrece un paisaje poco común, una historia geológica interesante y tranquilidad lejos de las rutas turísticas principales.