
La isla de Ibo en el archipiélago de Quirimbas
La isla de Ibo, en el archipiélago de Quirimbas, al norte de Mozambique, sigue fuera del radar turístico. Llegar no siempre es sencillo, sobre todo si eliges la opción más aventurera: adentrarte por la selva por carretera desde la ciudad de Pemba.

Supe por primera vez del archipiélago de Quirimbas, en la costa oriental de África, durante mi visita a la isla de Mafia en Tanzania. La propia isla de Mafia es un lugar desconocido para la mayoría, eclipsado por el más comercial Zanzíbar. Desde esa perspectiva, Quirimbas es aún más exótica.
Las islas Quirimbas se extienden frente a la costa norte de Mozambique y la mayoría son de muy difícil acceso para los viajeros. La infraestructura prácticamente no existe, las opciones de alojamiento son mínimas y la comodidad es más la excepción que la norma. Precisamente por eso este rincón sigue siendo, incluso hoy, un paraíso por descubrir.
Una de las pocas excepciones es la isla de Ibo, donde encontrarás atisbos de civilización en forma de un aeródromo improvisado y una infraestructura básica: un cajero automático, algunos alojamientos y restaurantes locales.
Salimos hacia la isla de Ibo desde un resort de playa cerca de Pemba. Teníamos dos opciones. La primera, un breve vuelo desde el aeropuerto de Pemba al de Ibo: cómodo, sí, pero no precisamente barato, unos 250 euros por persona. La segunda, la vía aventurera: unos 250 kilómetros por carretera, de los cuales 80 km a través de la selva hacia el norte, hasta la aldea de Tandanhangue, y desde allí en una barca local hasta Ibo.
Los locales nos confirmaron lo mismo que Google Maps: en coche debía ser un trayecto sencillo, de unas 4 a 6 horas. La decisión fue rápida. Conseguimos un conductor con coche, preparamos lo básico para un viaje así (comida, agua, repelente) y nos acostamos temprano. No sabíamos la que nos esperaba al día siguiente.
Salida de madrugada
Salimos a las 4:00 para tener margen. Era clave llegar al embarcadero de Tandanhangue con la marea alta, el único momento en que la barca local puede zarpar.
De entrada nos sorprendió la elección del vehículo. Esperábamos un 4×4 en condiciones y apareció con un Toyota Corolla. Pensé: sabrá lo que hace. Y, en efecto, la primera parte discurría por asfalto, por la carretera principal, y fue tranquila: incluso dormimos casi todo el rato; aún era de madrugada.
Pero notamos enseguida que el conductor se había desviado hacia la jungla por dos señales claras: empezaron a cruzarse monos por la pista y nuestra velocidad media cayó por debajo de 20 km/h.

Había llovido toda la noche y seguía lloviendo. El barro lo cubría todo. El conductor mascullaba cada vez más, y nosotros caímos en la cuenta de un detalle: no deberíamos estar aquí en un Toyota Corolla, sino en algo más campero. No hace falta mucha imaginación para entender que no era el coche ideal para una selva africana tras un aguacero nocturno.
Primeros contratiempos

No tardamos en quedarnos atascados. La primera vez tuvimos suerte: había una aldea cerca. Los vecinos nos ayudaron a empujar el coche y hasta nos lo lavaron. Un gesto amable y, a la vez, totalmente inútil: a los pocos metros volvió a quedar cubierto de barro.
Tras otra hora de conducción y de sortear tramos anegados, dimos con otra sección completamente inundada. Nuestra Corolla no tenía ninguna opción. El agua era profunda, el tramo, largo; intentarlo era condenarlo a ahogarse.

Empezamos a preguntarnos qué hacer. La comida se acababa y no llevábamos suficiente agua como para pasar la noche. El mayor problema, no obstante, eran los mosquitos, omnipresentes y molestos. De día aún se llevaba, pero estaba claro que para pernoctar un solo repelente no bastaría. Conviene recordar que en estas zonas la malaria, transmitida por mosquitos, es un riesgo real.
Decidimos dar la vuelta, intentar regresar a Pemba y llegar a la isla por otra vía: con un coche mejor o en avión.
Casi atrapados
Tras ponernos de acuerdo, nuestro conductor dio la vuelta con destreza en la estrecha pista… y acto seguido encajó el coche en el barro más profundo de los alrededores. Esta vez no fueron diez minutos: hizo falta media hora y once hombres de la zona.
Ver a los locales intentando ayudarnos, pero sin conseguir organizarse, fue tan trágico como cómico. Unos empujaban, otros intentaban alzar el coche, otros metían cañas bajo las ruedas que patinaban. Al final entendí que me tocaba coordinar un poco la maniobra. A base de señas les indiqué que lo mejor era empujar todos en la misma dirección. Funcionó y pudimos seguir.

Empezaba a quedarnos claro que aquí todo podía descontrolarse muy rápido.
También vimos que nuestro conductor había subestimado la situación: llegó con un coche inadecuado, sin preparación y sin agua ni comida, ni para nosotros ni para él. Si queríamos volver sanos y salvos, tocaba confiar más en nosotros que en su criterio. Así que tomé yo el volante.
Atrapados
Al principio, volver parecía una decisión sensata. Fui superando los tramos de barro sin grandes problemas y por un momento sentimos que lo peor había pasado.
Entonces llegó el contratiempo. La pista por la que por la mañana, aunque con apuros, habíamos pasado, estaba ahora completamente bajo el agua. Los litros y litros de lluvia nocturna buscaban su camino hacia el mar. Los ríos se habían salido de su cauce y teníamos delante un tramo desbordado sin posibilidad de rodearlo.
Comprendimos que estábamos aislados por ambos lados. Si el agua seguía subiendo, nuestro margen de maniobra se reduciría aún más.
La suerte dentro de la desgracia fue que justo allí teníamos cobertura en el móvil. Empezamos a llamar a nuestros contactos en Pemba y en Ibo. Nadie podía ayudarnos. Todas las vías de acceso estaban inundadas y nadie era capaz de conseguirnos de inmediato un vehículo adecuado. Estábamos, simple y llanamente, atrapados.
Un rayo de esperanza
Mientras pensábamos qué hacer —y ya imaginábamos pasar la noche en medio de la selva anegada—, apareció en el horizonte un todoterreno en nuestra dirección. Poco después se detuvo a nuestro lado un Nissan Navara con 4×4 de verdad. Por un instante sentimos esperanza.

El problema: su destino era otro. Tenían que llevar mercancía a una aldea cercana y no pensaban ir ni a Pemba ni hacia Ibo. También a ellos les frenó la pista inundada. Uno de los hombres bajó y se metió a pie en el agua para estudiar el terreno, recorriendo el tramo una y otra vez. Por sus gestos parecía que intentarían cruzar, un escenario nada ideal para nosotros.
Entonces cambió el panorama: un camión se detuvo al otro lado del tramo anegado. Desde lejos se veía que era otra liga: gran altura libre, ruedas enormes. Aun así, su conductor dudó unos instantes. Al final decidió arriesgar.
A medida que el camión avanzaba, al principio parecía que el agua no era tan profunda. Luego llegó el punto de no retorno: las ruedas desaparecieron bajo la superficie y, más tarde, también los faros. La parrilla empujaba una ola enorme y por un momento pensamos que se quedaría clavado.

Ver el camión medio sumergido cambió el ánimo de la tripulación del Nissan Navara. Entendieron que no tenían ninguna opción segura de cruzar. El camión finalmente lo consiguió y se detuvo un momento a nuestro lado. Intentamos negociar con su conductor para que nos llevara hacia Ibo. No nos entendimos, pero sus gestos fueron claros: no nos llevaría a ninguna parte.
Nuestras esperanzas volvieron entonces a la gente del Nissan. Tras una breve negociación y valorar la situación, decidieron —por fortuna para nosotros— cambiar de planes. Se olvidaron de la carga que debían entregar y, a cambio de una pequeña compensación, accedieron a llevarnos hasta el embarcadero de Tandanhangue. Nuestro Toyota Corolla, por cierto ya cubierto de barro hasta el techo, se quedaba en una aldea cercana y nosotros seguíamos adelante.
¡Por fin en la dirección correcta!

Con el acuerdo sellado, por fin teníamos viento a favor: rumbo correcto y un coche que aquí parecía estar en su salsa. Nadie pensaba ya en la comodidad. Delante íbamos tres apretujados en dos asientos; nuestro conductor de la Corolla viajaba detrás, en la caja, entre la mercancía. En ese momento daba igual: lo único importante era volver a moverse hacia el objetivo.
La alegría duró poco. La pista empeoraba por horas. Los tramos inundados y de barro se multiplicaban, y ya solo nos reíamos al imaginar que pretendíamos hacer todo esto con una Corolla.
Pasamos por el punto donde por la mañana habíamos decidido darnos la vuelta. Ahora íbamos en un coche muy distinto y la vista por el parabrisas se parecía más a la de una lancha rápida que a la de un camino.
Al cabo de un rato alcanzamos al camión que antes se negó a llevarnos. Lo encontramos justo cuando su tripulación había quedado atascada en una leve subida de barro sin poder moverse. Nos habría gustado ayudar, pero no había cómo. Solo pudimos rodearlo y seguir —por suerte se había quedado clavado en un lugar que permitía pasar.
Nuestro avance nos alegra, hasta que…

…nos topamos con otro coche que bloquea la ruta. Esta vez no hay manera de adelantarlo. Entendemos que, en este camino, nuestro éxito no depende solo de nosotros, sino también del de los demás.
Para los vecinos de la aldea cercana es, al parecer, un espectáculo. Se agolpan junto a la pista, observan y comentan. Para nosotros es otra prueba de paciencia.
Al final consiguen mover el coche y volvemos a ponernos en marcha, despacio. El conductor nos advierte de que aún quedan varios tramos anegados por delante. Y a nosotros se nos agotan, poco a poco, el tiempo, el agua y la paciencia. Solo la idea poco agradable de pasar la noche a merced de mosquitos que transmiten malaria nos empuja hacia adelante.
Agua por todas partes

El camino cambia de carácter. Cuanto más nos acercamos al mar, más agua hay sobre la pista. En los últimos veinte kilómetros hay más agua que tierra. El tráfico, además, se intensifica. Los coches con poca altura libre empiezan a sufrir de verdad: el agua entra en la admisión y los motores se paran.
Intento sugerirle al conductor que adelantemos a los coches de delante. Pero no me entiende. Y el problema no es el idioma.
Más tarde entenderé que aquí funciona de otra manera. Si alguien se detiene, los demás se bajan y ayudan: empujan, colocan ramas, guían al conductor. Si hace falta, arrastran un coche varios kilómetros. Así que al final avanzamos despacio —al paso—, pero juntos, con la certeza de que nadie nos dejará tirados.
El adelantamiento egoísta no tiene cabida aquí. Ir solo en cabeza puede no servir de nada. En estas condiciones, es mejor ir el último pero en grupo que el primero y a solas. La ayuda mutua es la única forma de llegar a destino.
Quissanga, Tandanhangue y el último escollo
Tras unas doce horas de viaje llegamos a la aldea de Quissanga, ya cerca de nuestro objetivo: el embarcadero de Tandanhangue.
El restaurante local fue un regalo caído del cielo. Arroz, pescado y Coca‑Cola por unos irrisorios 2 euros. Habríamos pagado 20 sin pestañear.
En el embarcadero nos esperaban un muelle destartalado y una pequeña barca para locales, la llamada “chappa boat”. El cansancio y la ansiada meta hicieron que unos oportunistas nos sacaran unos 15 euros, seguido de una discusión de unos veinte minutos con el capitán (una historia digna de un artículo aparte). Por un momento pareció que no llegaríamos a la isla, pero al final se calmaron los ánimos y la barca zarpó.
A la isla de Ibo llegamos por fin tras catorce horas de viaje, justo después de la puesta de sol. Molidos, cansados, sucios y sedientos, pero de buen ánimo y con ganas de ver qué otras aventuras nos depararía esta isla enigmática.

Conclusión
Este traslado mozambiqueño por la selva nos enseñó más de lo que imaginábamos. En el plano más filosófico, unas cuantas.
La primera: no rendirse demasiado pronto. Situaciones que parecen sin salida pueden darse la vuelta cuando menos lo esperas. La segunda: lo que en el momento parece mala suerte puede convertirse después en una gran fortuna. Como el camión cuyo conductor se negó a llevarnos: en aquel momento fue otro problema más; horas después lo alcanzamos encallado en el barro y agradecimos no ir dentro.
La tercera lección fue la cooperación. En condiciones difíciles, a menudo es mejor ir con los demás que empeñarse en ser el más rápido a toda costa. En solitario uno puede avanzar más deprisa, pero también es fácil acabar en una situación de la que no se sale sin ayuda. En grupo se progresa quizá más lento, pero la probabilidad de llegar aumenta mucho.
Además de estas reflexiones, nos llevamos varios consejos muy prácticos. No conviene subestimar la dureza africana. Si planeas un trayecto similar por pistas sin asfaltar, sigue la evolución del tiempo en los días previos y la previsión actual. Lo que en seco es una carretera normal puede, tras lluvias intensas, convertirse en horas de lucha contra el agua y el barro.
La preparación es igual de importante. Suficiente agua, comida, protección contra insectos y, en zonas exigentes, equipo para una pernocta de emergencia —por ejemplo, una mosquitera portátil sencilla— pueden marcar la diferencia entre un gran recuerdo y un problema evitable.
Un camino que debía durar cuatro horas acabó siendo de catorce. Y, gracias a ello, hoy recuerdo la isla de Ibo con aún más intensidad.
