
Nuestra primera experiencia real con la altura andina llegó antes de lo ideal. Fue una excursión a la Laguna Quilotoa, en Ecuador. Salimos al día siguiente de llegar a Quito. Con el tiempo podemos decir que no fue precisamente la mejor idea.
Tras aterrizar en la capital de Ecuador, recogemos el coche en el aeropuerto y ponemos rumbo al sur. Al anochecer terminamos cerca del pequeño pueblo de Machachi. Después del vuelo largo y las escalas apenas nos hacemos a la idea de dónde estamos. Tras un breve saludo a la dueña de la casa, caemos rendidos en la cama y nos quedamos dormidos casi al instante.
No dormimos mucho. Por el desfase horario nuestro reloj interno va por libre. Sobre las cinco de la mañana salgo del alojamiento y, en silencio, me quedo mirando el paisaje que nos rodea. Estamos en una aldea y, a lo lejos, se dibujan volcanes, lomas y cumbres nevadas. Todo el escenario lo envuelven nubes misteriosas en las que empieza a pegar el sol de la mañana. La humedad del aire también llama la atención; por momentos siento que me he despertado en plena selva.
Un vistazo rápido al teléfono revela nuestra altitud: unos 3 100 m s. n. m. Vale, estamos muy arriba. Vuelvo a la habitación con la esperanza de dormir un rato más. Lo consigo unos minutos, pero enseguida se despierta Iva y empieza la rutina de la mañana. Notamos que, a diferencia de anoche, la habitación está notablemente más fría.
Aún no asimilamos del todo en qué condiciones nos hemos metido y, tras el desayuno, recogemos rápido y ponemos rumbo directo a nuestro primer objetivo: el cráter de Quilotoa.
Cráter Quilotoa
El cráter de Quilotoa forma parte de un macizo volcánico extinguido y lo recorre una marcada cresta montañosa con varios miradores. La vuelta completa alrededor del cráter es un trekking popular de un día; su punto más alto es el Monte Juyende, a unos 3 930 m s. n. m. Solo asomarse al borde del cráter ya te coloca a una altura para la que aún no estábamos, ni de lejos, preparados.

El cráter es muy fácil de alcanzar en coche y es de las atracciones naturales más visitadas de esta parte del país. Aun con esa facilidad, llegamos relativamente tarde. Nuestro avance por carretera se complicó por los habituales deslizamientos de tierra, que bloquearon la ruta. Al final aparcamos en una aldea, al pie del cráter, y nos lanzamos, a buen paso, a una pequeña caminata.
El borde del cráter queda a un paso del aparcamiento y, en pocos minutos, se abren las vistas al fondo: la laguna de Quilotoa. Pese a la altura extrema, todo a nuestro alrededor es verde; por momentos hasta recuerda a nuestro campo. Ese espejismo se rompe pronto con los colores imposibles de la laguna, los paredones del cráter y las llamas que corretean por todas partes.
También hay un sendero que baja hasta el fondo del cráter, pero yo le echo el ojo al punto más alto del borde: el Monte Juyende, que parece casi al alcance. Nos separa tan solo un pequeño collado herboso y rocoso. La senda es clara, sencilla y sin dificultad técnica. Así que tiramos hacia el punto más alto. El tiempo acompaña, sopla una brisa ligera y, de vez en cuando, el sol asoma entre las nubes. Aunque vamos cansados, el camino parece fácil y la cumbre se antoja asequible; como algo que podríamos hacer cualquier día. Pero hoy no es un día cualquiera.
Primeros problemas
La primera en flaquear es Iva. Aún no hemos llegado al collado cuando me dice que está cansada y propone regresar. Hasta el collado el camino sigue en suave bajada y yo me veo con fuerzas, así que acordamos separarnos y vernos en el coche. No es una decisión arriesgada: el terreno es sencillo, no hay forma de perderse y queda tiempo suficiente hasta el anochecer. Iva se da la vuelta; yo continúo.
En unos minutos estoy en el collado. Solo me queda ganar unos 230 metros de desnivel por terreno relativamente fácil. Empiezo a subir. Tras los primeros metros siento como si acabara de correr un maratón. Intento recuperar el aliento, descanso y sigo. Camino otros veinte metros y, de nuevo, la misma sensación de haber corrido un maratón.
Así se repite unas cinco veces más. A la quinta miro el mapa y descubro que no he superado ni cincuenta metros de desnivel. Cada paso se me hace literalmente más pesado. Me siento en una roca y pienso. Para volver al coche tengo que cruzar el collado y remontar después unos 150 metros de desnivel. Si ahora no soy capaz de superar con facilidad ni cincuenta, ¿cómo voy a salvar esos 150?
Crisis

El deseo de coronar el Monte Juyende tiene que esperar. Toca volver. Me doy la vuelta y encaro el regreso hacia el coche, donde me espera Iva. Hasta el collado voy bien; los problemas vuelven con la siguiente subida. Se repite el guion: unos pocos metros arriba, cinco minutos jadeando, y otra vez unos metros más. Al principio tiene su gracia; luego llega la desesperación. «¿Es esto siquiera posible?», me pregunto.
Noto, literalmente, cómo me abandonan las fuerzas. Intento ayudarme con las manos, lo que paradójicamente me agota aún más. Empiezo a sentir frío. Me voy poniendo todas las capas que llevo en la mochila. Bebo mucho, tanto que está claro que el agua del camelbak no me va a durar.
Por fin el terreno se suaviza y ya veo la aldea donde aparcamos. Sigo con cansancio y frío, pero al menos logro acelerar un poco el paso. Los últimos metros me siento tan exhausto como después de una dura ruta invernal en los Tatras. Me salva la primera cafetería del camino, llamada Sinchy Tupak. Iva me espera allí y, con mucha cabeza, ya ha pedido té de coca para los dos. Se me pasa la desesperación y se me alivia el cansancio. El té es, literalmente, un salvavidas: las hojas de coca obran el milagro, devuelven energía y ganas de seguir. Hasta el coche ya queda un suspiro.
Lección aprendida
El cráter de Quilotoa es un lugar de un impacto visual enorme y, con toda justicia, una de las estampas icónicas de Ecuador. Pero aquí también nos llevamos una lección muy valiosa, y no tenía por qué haber sido así. Primero, subestimamos por completo el sueño y el agotamiento del viaje. Y, sobre todo, cometimos un error de base: salir sin ninguna aclimatación.
Nada más aterrizar nos plantamos a unos 3 000 m s. n. m., un choque para el organismo por sí solo. Y aun así, al día siguiente ya intentábamos subir a una cumbre que roza los 4 000 m s. n. m.
En andanzas posteriores por los Andes nos topamos de vez en cuando con entusiastas como los que fuimos entonces. Algunos no evitaron complicaciones serias de salud. En ese sentido, tuvimos suerte: nos exprimimos al límite, pero salimos sin consecuencias. La lección, eso sí, nos quedó grabada para siempre:
«Si no estás aclimatado, simplemente no subas a 4 000 m s. n. m.»
Hoy en día, el factor aclimatación lo tomamos con la máxima seriedad en cualquier salida a la montaña.
Datos sobre el cráter Quilotoa
- Tipo: cráter volcánico extinguido
- Punto más alto: Monte Juyende – aprox. 3 930 m s. n. m.
- Laguna en el cráter: mineral, de color cambiante
- Opciones de senderismo: miradores, descenso a la laguna, vuelta completa de un día alrededor del cráter
- Dificultad: baja técnicamente; media a alta físicamente (por la altura)
