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En nuestro recorrido por la orilla occidental del salar de Uyuni planeamos una pequeña desviación. El objetivo: las Aguas Termales de Empexa, un lugar que en el mapa parecía un buen extra, pero que, en la realidad, no sabíamos si lograríamos llegar a él ni siquiera si seguía en funcionamiento.

Decisión en Llica: ¿más corta o más segura?

Todo empezó el día anterior en el pueblo de Llica. Sentados frente al mapa, pensábamos por qué ruta ir a las termas. Había dos caminos: uno directo, más corto, sin grandes rodeos; el otro, unos 40 kilómetros más largo, pero aparentemente más seguro.

El problema era que la ruta corta mostraba un corte sospechoso en el mapa. En las imágenes satelitales se veía que, en un tramo, el camino se convertía en cauce de río. La huella desaparecía y el terreno parecía arenoso. Tras nuestras recientes experiencias con arena y nuestro 4×4, las dudas no tardaron en aparecer.

La decisión llegó el mismo día del traslado. Al pasar el desvío hacia la opción corta pero incierta, tuvimos suerte: justo allí nos topamos con varios locales. Preguntamos por la ruta. La respuesta es breve: la pista es transitable hasta las termas. Vamos allá.

Un camino que ni aparece en el mapa

La pista empieza ganando altura de inmediato y ante nosotros se abren vistas preciosas del salar de Uyuni. Como hasta ahora, vamos completamente solos.

A los pocos minutos ya estamos bastante arriba y la traza se acerca al temido cauce. Es temporada seca, así que no corre agua, pero desde la ventanilla se aprecia que el fondo es por tramos arenoso.

Avanzamos un kilómetro aproximadamente y llegamos al punto donde el camino desaparece del todo en el mapa. Aquí toca entrar en el cauce o darnos la vuelta.

Nos detenemos un momento a evaluar, pero al final nos lanzamos cauce abajo. Para nuestra sorpresa, va mejor de lo esperado. Los tramos de arena son cortos y casi siempre planos. El coche los supera sin mayores problemas.

Conduce Braňo y yo sigo la navegación con atención. Cuento literalmente los metros hasta el punto donde, según el mapa, la pista vuelve a aparecer como camino marcado.

Al final superamos todo el tramo dudoso y seguimos rumbo a nuestro objetivo.

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Al otro lado del río, otro mundo

Tras cruzar el cauce parece que entramos en otro país. Estamos más altos y, paradójicamente, en una zona algo más verde. La llanura infinita se cierra con macizos volcánicos de colores a lo lejos. En algunos aún se ven restos de nieve.

La sensación de aislamiento es total. Nada de coches ni casas: solo nosotros, la planicie vacía y los volcanes en el horizonte.

Aguas Termales de Empexa: abandonadas, pero en funcionamiento

Cuando por fin llegamos a las termas, la realidad es algo distinta a lo que imaginábamos. El lugar se ve abandonado y, a todas luces, poco exitoso a nivel comercial.

Hay varias pozas, pero la única realmente utilizable es la más alta. Está limpia y justo junto al propio manantial. El agua está más que agradable: bien caliente, y eso tiene su encanto, porque afuera el sol calienta, sí, pero el aire ronda los 10 °C.

Desde la poza vemos un arroyito que sale de ella. A su lado pasta tranquilo un rebaño de llamas. El cuadro lo cierra un volcán al fondo. Y, claro, no es todo. Rematamos la escena abriendo una cerveza bien fría y bebiéndola dentro del agua. En ese instante uno siente que, por un momento, el universo encaja a la perfección.

Es uno de esos momentos en los que te das cuenta de que estás en un lugar al que llega muy poca gente. Además de nosotros, solo hay un hombre local —probablemente un ermitaño— con su perro. En el fondo esperamos que Ibo juegue con él, pero el señor se lo lleva a su casita apenas llegamos.

No nos pide ninguna entrada. Aun así, antes de irnos le dejamos en los escalones un par de cervezas y una tableta de chocolate.

Ibo y el baño en altura

Por supuesto, Ibo tampoco se perdió el baño. Aunque no es muy fan del agua, y mucho menos un buen nadador, esta vez se animó (con un poco de ayuda por mi parte).

El problema vino después. Mientras estaba mojado, cada vez que tocaba el suelo se rebozaba en el polvo.

Al final lo solucionamos fácil: extendimos una toalla en la caja de la pick-up y lo dejamos que se revolcara allí. Así, al menos, se secó de forma bastante decente.

Mapa donde sí figura la ruta

Por muy a gusto que estemos, toca seguir. Aún queda mucho camino. Según el mapa, nos conviene tomar la segunda ruta mencionada y no volver por el mismo sitio.

Así que, bien relajados, nos subimos al coche y arrancamos. No pasan ni cinco minutos cuando nos damos cuenta de que la pista por la que vamos se desvía claramente de la traza del GPS. Evidentemente hemos pasado el desvío.

Damos la vuelta y buscamos por dónde continuar. Pero no hay tal desvío. La pista la bordean matorrales y, por tramos, el lecho de un río seco. Damos vueltas, probamos, pero no hay manera.

Braňo incluso lanza el dron para inspeccionar el terreno desde arriba. Al final encontramos algo que alguien quizá llamaría camino, pero pensamos que, si el inicio ya era así de malo, cómo sería lo que venía.

Hacemos una breve reunión en el coche y tomamos la decisión sensata, menos aventurera: regresar por la ruta original hacia el salar de Uyuni.

Al final el día nos regaló dos guiones opuestos: una vez circulamos por un camino que ni figuraba en el mapa, y otra no pudimos tomar el que sí aparecía pero que, en la realidad, no existía.

Así de caprichoso puede ser viajar por el Altiplano boliviano.

Conclusión: unas termas que merecen la desviación

Aguas Termales de Empexa no fueron para nosotros un simple “punto en el mapa”, sino uno de los momentos más intensos de la orilla occidental de Uyuni. No por el lujo ni por los servicios, sino por su aislamiento y su autenticidad cruda.

El lugar parece abandonado, casi olvidado. Y ahí está su encanto. No hay multitudes ni puestos de souvenirs. Solo agua caliente brotando de la tierra, el aire frío del Altiplano, llamas junto al arroyo y un volcán en el horizonte.

Las rutas del Altiplano boliviano nos repiten una lección: el mapa no es la verdad; es solo una orientación. Ahí reside la gracia de viajar por esta parte del mundo. No todo es seguro, ni está señalizado, ni se puede planificar. Pero si te atreves a desviarte, puedes acabar en una poza humeante, en plena soledad andina, con una cerveza en la mano y la certeza de que para esto saliste a la carretera.