
Tras un trayecto duro desde Laguna Salada, nos sentamos a gusto en el cálido y amplio comedor de nuestro alojamiento en Quetena Chico. Hace solo unas horas este espacio lo templaban los rayos del sol; ahora, en el frío anochecer, lo hace una pequeña estufa en la esquina.
No estamos aquí por casualidad. Desde mi primera visita al Altiplano me tienta el cercano volcán Uturuncu; en concreto, la pista de acceso que sube hasta la asombrosa altura de casi 5 800 m n. m.
El dueño del alojamiento captó enseguida nuestros planes de subir al Uturuncu. Nos advirtió de inmediato que para un recorrido así hace falta un guía local. Nosotros, tercos, creemos que también podríamos arreglárnoslas solos. Llevo meses estudiando mapas e imágenes satelitales de la ruta casi de memoria. Solo queda una pregunta: ¿hay en algún punto una puerta o barrera que no se pueda sortear?
En busca de respuestas
Aprovecho que llevamos el Starlink de Braňo y busco en internet cualquier información reciente sobre el estado y la viabilidad de la pista. Tras un buen rato, todo lo resuelve un vídeo recién publicado por una pareja alemana que decidió hacer el recorrido a pie. Al final, uno de ellos se dirige a los espectadores sentado justo sobre la barrera.
Está decidido. Necesitamos guía. La probabilidad de que la barrera esté cerrada y no se pueda esquivar es demasiado alta como para jugárnosla.
¡En la vida consigues lo que… negocias!
La tarde transcurre entre regateos con un guía local. Resulta un proceso largo, no solo por el precio, sino también por la barrera del idioma. Al mismo tiempo, es evidente que el guía es muy consciente de algo: sin la llave de la barrera, probablemente no logremos nuestro objetivo.
Por otro lado, también está claro que no quiere dejar escapar el negocio. Quizá por eso, al final, nuestro tira y afloja se cierra en 300 BOB. El trato es simple: él asegura el acceso a través de la barrera; nosotros subimos con nuestro coche y él va de acompañante.
Salida temprana y primeros contratiempos
Partimos en cuanto terminamos el desayuno. Fuera aún muerde la helada. Ya al inicio del recorrido cruzamos varios vados congelados: a veces el hielo nos sostiene, otras se rompe, pero el coche lo resuelve con solvencia.
A los pocos kilómetros noto que casi dejan de funcionar los frenos. Por un momento me llevo un buen susto: los vamos a necesitar sí o sí para el descenso. Al final resulta ser un problema temporal, probablemente causado por el agua de los vados que entró en el sistema de frenos. Al poco, todo vuelve a la normalidad y seguimos.
La barrera
Al principio la pista gana altura con suavidad. Eso cambia pasados los primeros 15 kilómetros, cuando el ascenso se vuelve mucho más acusado. Es justo aquí donde damos con la temida barrera. Está bien colocada: no se puede rodear.
El guía se baja del coche diciendo que va a abrirla. Mando a Braňo tras él, para que le “ayude”. En realidad, su misión es comprobar si de verdad está cerrada con llave. Al minuto vuelven los dos y Braňo lo resume en una frase:
«Claro que no estaba cerrada con llave.»
Seguimos con la sensación de que acabamos de perder 300 BOB porque sí.
La carretera del Uturuncu y su origen
La pista del Uturuncu se construyó para la extracción de azufre que hubo aquí en el pasado. A lo largo del recorrido aún se ven restos de alojamientos para mineros e instalaciones técnicas. Pero la explotación comercial nunca llegó a consolidarse: las condiciones extremas, la altitud y la logística pesaron demasiado.
Sin embargo, la pista quedó y durante años se consideró la más alta del mundo accesible en coche.
Hasta donde se puede llegar en coche
A medida que ganamos altura cambia también el carácter del ascenso. En la mayor parte del tramo restante vamos en primera, como mucho en segunda. En alguna curva toca meter la reductora. El estado de la pista es aceptable, pero sin un buen 4×4 mejor ni lo intentes.
Cuanto más subimos, más a menudo aparece nieve en la pista; por suerte no es nada serio, más bien restos antiguos de nevadas pasadas.
Todo va relativamente fluido hasta los 5 582 m n. m., donde topamos con un daño importante causado por la erosión. Un surco profundo, probablemente abierto por el agua de lluvia o el deshielo, corta la pista. Daños similares se ven al menos en otros dos tramos más altos.
Aunque oficialmente la pista continúa hasta casi 5 800 m n. m., está claro que hoy no podremos seguir. Nuestro guía ya nos había avisado: este es por ahora el límite al que se puede llegar en coche.
La recompensa: las vistas
Habría sido un sueño subir un poco más, pero aun así se nos abre ante los ojos el infinito Altiplano. A lo lejos se insinúan las lagunas del sur de Bolivia; a nuestro alrededor, silencio absoluto. Nos calienta la satisfacción y también los rayos de un sol que ya ha ganado fuerza.
Aunque tuvimos que detenernos antes, llegamos en coche más alto de lo que llega la mayoría. El coche no nos falló ni siquiera a esta altura extrema.
Las cumbres del Uturuncu desde arriba
Sacamos los drones e intentamos capturar este paisaje también a vista de pájaro. Las condiciones son ideales y nuestros drones suben hasta unos 6 000 m n. m.: probablemente lo más alto a lo que han volado.
Desde arriba se lee con claridad toda la estructura del volcán. La cumbre principal del Uturuncu alcanza los 6 008 m n. m., la secundaria ronda los 5 940 m n. m.. Entre ambas se ve nítida la pista que antaño llegaba hasta el collado, casi a 5 800 m n. m.

Breve parada y regreso
Bajo las laderas de este imponente volcán solo pasamos unos minutos. A Braňo le quedan ya pocos días en Bolivia e Iva, a la que dejamos con Ibo en el alojamiento, está —también por problemas de salud— más que harta de las duras condiciones a las que nos hemos enfrentado estas dos últimas semanas.
Toca dar la vuelta y emprender el regreso. Primero, bajar del Uturuncu; después, salir del Parque Nacional Eduardo Avaroa y, por último, volver a la civilización de Uyuni.
