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Kjeragbolten forma parte de esos lugares que uno conoce mucho antes de poner un pie en Noruega. La foto del bloque de roca encajado entre dos paredes, colgado a mil metros sobre el fiordo, dio la vuelta al mundo y se convirtió en símbolo de la naturaleza salvaje noruega, de la valentía y de la libertad.

Para nosotros, visitarlo era casi una parada obligatoria. No solo por la roca en sí, sino por el itinerario que atraviesa un paisaje dramático de placas de roca, lagunas y vistas al Lysefjord. También teníamos curiosidad por ver cómo se las arreglaría Ibo, nuestro perro, en esta ruta icónica. El trek a Kjeragbolten es técnicamente factible, pero por momentos es empinado y expuesto, así que teníamos ganas de ver cómo nos iría como equipo de tres.

Comienzo temprano

Llegamos a la zona del fiordo Lysebotn a primera hora por la estrecha y serpenteante carretera 4224. El propio viaje ya fue toda una experiencia: tras una parte de Noruega relativamente verde, fuimos entrando poco a poco en zonas más montañosas. A los lados, ovejas, y la luz de primera hora le daba a todo un aire especial.

La carretera desciende por conocidas curvas de herradura hasta el pueblo de Lysebotn. Nosotros, sin embargo, aparcamos a unos kilómetros del aparcamiento oficial sobre el fiordo. Desde ese aparcamiento comienza la ruta oficial a Kjeragbolten, pero el parking cuesta aproximadamente 25 € al día, así que optamos por una alternativa.

En los alrededores hay otro aparcamiento, a poco menos de 2 km más arriba por la carretera, totalmente gratuito. No parte de él un sendero señalizado, pero con un sencillo flanqueo se puede enlazar con la ruta. Aquí no hace falta sentirse culpable por salirse del camino marcado: en Noruega el acceso a la naturaleza es muy libre y prácticamente legal en casi cualquier parte. Rige una norma simple: tu seguridad es únicamente tu responsabilidad.

Al incorporarnos al sendero oficial hacia Kjeragbolten, la afluencia aumenta notablemente. Son muchos los que caminan hacia la atracción. El camino está bien mantenido, es claro y en varios puntos cuenta con equipamiento fijo.

En el camino pasamos junto al Kjerag Emergency Shelter, un sencillo refugio de emergencia que en mal tiempo o ante imprevistos puede, literalmente, salvar vidas.

La ruta es ‘cómoda’, sí, pero ni de lejos un paseo por el parque, y menos aún si la haces con perro. Ibo lo llevó bien; eso sí, hay que contar con que se dará un baño en cada charca que encuentre.

Subida empinada, cable de acero y descenso interminable

Tras los primeros kilómetros llega la parte más exigente del trek: una subida empinada, con tramos expuestos asegurados por un cable de acero. Con lluvia o viento conviene extremar la precaución, pero el aseguramiento da confianza.

Una vez ganado el desnivel, el terreno se quiebra y sigue un descenso largo y suave, por momentos incluso cansino, hacia el objetivo final. Psicológicamente es una sección curiosa: sabes que ya estás ‘arriba’, pero la roca todavía queda lejos.

La recompensa son las vistas del Lysefjord, entre las más icónicas de toda Noruega. Acantilados verticales caen en picado hacia el agua y uno comprende de pleno la crudeza y la belleza de la naturaleza nórdica.

Kjeragbolten

El propio Kjeragbolten es uno de los objetivos excursionistas más famosos de Noruega. La roca encajada entre dos paredes cuelga a unos mil metros sobre el nivel del fiordo y tiene algo casi irreal.

Durante nuestra visita había mucha gente y para la foto icónica sobre la roca tocó hacer cola. Caer desde Kjeragbolten sería, sin duda, mortal; aun así, pese a la popularidad del lugar, se han registrado muy pocos accidentes mortales. Cada cual debe decidir hasta dónde quiere llegar.

Volvemos por el mismo camino. La subida que antes habíamos bajado ahora pone a prueba la forma, pero sabiendo que el final está cerca todo se hace un poco más llevadero. El regreso, sin embargo, no estuvo exento de contratiempos. En un tramo algo más inclinado, Ibo decidió saltar de una roca a una placa más baja. Estaba mojada y resbaladiza, así que tras caer siguió deslizándose unos dos metros. Resultado: una pata dolorida y una cojera visible.

Los últimos metros hasta el coche optamos por llevarlo en brazos. Por suerte, al poco comprobamos que la lesión no era grave y no hizo falta ningún veterinario. Solo queda esperar que Ibo haya aprendido la lección.

Aun con ese pequeño momento de drama, el trek a Kjeragbolten fue para nosotros una experiencia potente: no solo por la roca icónica, sino también por la compañía de nuestro perro y por el áspero paisaje noruego, que te conquista a primera vista.

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