
Después de dos semanas intensas en el Altiplano nos decimos que ya basta de frío, viento y aire enrarecido. Nuestro plan es sencillo: desplazarnos a una zona más baja, donde debería hacer más calor, ser más verde y, sobre todo, un poco más cómoda. Suena genial, ¿no? Con ese optimismo dejamos Uyuni y tomamos la carretera nº 21 hacia el sureste, rumbo a Tupiza.
Las llanuras infinitas del Altiplano se desvanecen poco a poco detrás de nosotros, aparecen valles profundos y el terreno se tiñe de rojo. A lo lejos nos vigila el imponente volcán extinto Cerro Chorolque, que con su altura de alrededor de 5 550 m n. m. domina el entorno y al mismo tiempo recuerda que seguimos en una región agreste.
La ruta discurre mayormente por un paisaje seco e inhóspito, que no ofrece precisamente las condiciones ideales para pasear al perro. Por otro lado, es un trayecto ancho y seguro y, en caso de necesidad, se puede detener prácticamente en cualquier lugar fuera de la carretera sin riesgo. Al planear el viaje, verifica la previsión meteorológica con antelación.
Llegamos a Tupiza aproximadamente tras dos horas de conducción y esperamos con ganas un poco de descanso. Habíamos leído que la ciudad era una especie de oasis del western rodeado de magníficas formaciones rocosas. ¿La realidad? El polvo y el viento gobiernan con mano firme durante nuestra visita. Las calles están llenas de gente y coches, las aceras son estrechas y aparcar es casi imposible. Para viajar con perro este no es el entorno más idóneo: pasear por el centro es más bien una disciplina adrenalínica. Si viajas con perro, sin duda recomendamos alojarte fuera del centro.
Intentamos encontrar el camino hacia las icónicas rocas del Valle de los Machos. Los mapas muestran varias opciones, pero ninguna de ellas existe en realidad. Tras media hora de deambular lo damos por imposible. Más tarde descubrimos que los senderos y caminos de acceso fueron arrasados por las recientes lluvias torrenciales. Es una gran pena: según fotos y reseñas los alrededores de Tupiza están llenos de lugares hermosos para hacer senderismo y para pasear al perro. Según nuestra experiencia, les recomendamos verificar la accesibilidad de las rutas con antelación.

Al atardecer le doy otra oportunidad y me adentro a pie con Ibo en uno de los cañones, pero el viento y los senderos destrozados nos vuelven a poner freno rápidamente. Al final solo hay una foto de Tupiza: una pequeña prueba de que con mejor tiempo esto tendría mayor potencial.
En la ciudad notamos varios parques pequeños y esta vez no había tantos perros callejeros como en otras partes de Bolivia, lo cual es un pequeño plus cuando viajas con perro. Encontrar un alojamiento dog-friendly tampoco fue un problema, incluso con un pequeño jardín — a Ibo le encantó.
No todos los días de viaje son de postal. A veces esperamos comodidad y la realidad nos muestra todo lo contrario. Pero también esos momentos forman parte del viaje — nos recuerdan que es una aventura con todo lo que conlleva. Con cierta decepción, pero con una buena dosis de esperanza, seguimos adelante. Más abajo. Hacia Tarija. Porque Bolivia nos enseñó una cosa: valora lo que tienes — siempre puede ser peor.
