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Bolivia no es solo el Altiplano, las mesetas de altura y los picos nevados de los Andes. En su oriente, el país se vuelve más cálido, más verde y mucho más llano, en la región conocida como la Chiquitania. Aquí, a un paso del pueblo de Roboré, en el departamento de Santa Cruz, se alza la Torre de Chochís: un llamativo farallón de arenisca de unos 553 metros de altura que, en medio de un paisaje por lo demás plano, parece un enorme diente que brota de la tierra.

Parada en el pueblo de Chochís

Camino a Roboré me detengo en el pequeño pueblo de Chochís. Desde lejos queda claro que el objetivo de esta breve parada es la Torre de Chochís, también llamada Torre de David. Su pilar de roca rojiza, casi vertical, contrasta con el paisaje suavemente ondulado, por momentos completamente plano, que la rodea.

Se puede llegar en coche hasta un pequeño aparcamiento al pie de la roca. Desde el pueblo de Chochís sale una carretera local y por el acceso se paga un peaje simbólico de 6 BOB. La visita, en ese sentido, resulta muy sencilla y sin complicaciones.

Santuario Mariano de la Torre

A los pies del farallón se encuentra el Santuario Mariano de la Torre, un importante lugar de peregrinación de la región. Está dedicado a la Virgen de la Asunción y nació como expresión de la profunda fe de los habitantes locales. Su construcción está vinculada a los trágicos sucesos de finales de la década de 1970, cuando la zona sufrió deslizamientos de tierra e inundaciones devastadores.

Arquitectónicamente, el santuario destaca por el uso de la madera, elementos de piedra y una rica simbología de la flora y fauna locales junto con motivos cristianos. Todo el conjunto transmite calma y solemnidad, y su emplazamiento justo bajo la imponente pared rocosa potencia aún más la atmósfera espiritual del lugar.

Como estoy aquí con Ibo, solo echo un vistazo a los interiores desde fuera. Aunque no hay una prohibición expresa de entrar con perro, prefiero no alterar el carácter del lugar.

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Breve paseo hasta el diente de roca

Desde el aparcamiento parte un sendero sencillo que lleva hasta la propia Torre de Chochís. Mientras voy ganando altura, se abren vistas de la Chiquitania, incluida la vía férrea que llega hasta la frontera con Brasil.

Para Ibo este paseo es un buen cambio de ritmo. Cuanto más subo, más irregular se vuelve el sendero, algo que, por lo que se ve, le encanta. Tampoco falta el clásico revolcarse en el polvo, algo que en una salida así doy por hecho y no me preocupa demasiado. También tengo previsto parar en unas cascadas cercanas, donde se lavará.

Según el mapa, el sendero llega hasta la misma base del farallón, pero en la práctica continúa en travesía y probablemente rodea todo el macizo. Al final no hice el circuito completo: el camino empezaba a estar bastante cubierto de vegetación. Desde abajo me entretengo admirando las vías de escalada equipadas. La pared está plagada de chapas.

Notas prácticas para la visita con perro

Visitar la Torre de Chochís con perro no me supuso ningún problema. La ruta es corta, sencilla y apta para un paseo tranquilo. Eso sí, es un lugar popular y durante el día puede haber bastante gente; en ese caso quizá ya no sea lo más cómodo para el perro.

En el lugar pasé algo más de una hora, más que suficiente. La Torre de Chochís es justo ese tipo de parada que aligera un largo trayecto en coche y, a la vez, regala un potente impacto visual y cultural, incluso viajando con perro.